Cuernavaca
Fernando Fontenla Felipetti
–Mi papá me dejaba venir a escuchar música acá –dijo.
–¿Sí?
–¿Vos me vas a dejar?
Roberto dudó, el cambio de actitud de ella era muy sospechoso.
–Vení cuando quieras –dijo al fin y sintió que a pesar de su tez morena se ponía rojo como esquimal en baño sueco.
–¿Qué música escuchás?
Roberto intentaba mirarla a la cara sin bajar la vista hacia su cuerpo, pero por momentos no lo conseguía.
–Ehh… cumbia… bachata, merengue –dijo y notando que la cara de ella no era demasiado alentadora intentó arreglarlo–. Me gusta de todo. ¿Y a vos?
–Me gusta la música electrónica, y la marcha –dijo ella parándose y caminando hacia la puerta–. En especial me gusta Lady ga ga.
Roberto se sintió tentado de correr a cerrarle la puerta para evitar que se fuera.
–No sé cómo te llamás –dijo cuando ella ya casi pisaba el umbral de la puerta.
La chica se dio vuelta y lo miró fingiendo estar enojada.
–¿Cómo que no sabés mi nombre? –dijo–. Habrás escuchado a mi padre llamándome mil veces.
–Sí, pero de las mil veces, ninguna le entendí bien que decía.
Ella regresó sobre sus pasos, se puso en puntas de pie y acercó su mejilla a la de Roberto hasta apoyarla con suavidad.
–Me llamo Lixue –le dijo al oído–. Ele-i-equis-u-e. Lixue… –apoyó los labios abiertos en la mejilla de Roberto y le dio un beso.
Roberto luchó un momento contra su deseo de abrazarla, y un segundo después cuando se había decidido a hacerlo, ya no era posible, Lixue se había separado de él y volvía a caminar hacia la puerta.
–Volvé cuando quieras –dijo Roberto con la voz entrecortada.
Lixue levantó la mano y movió los dedos saludando. Luego salió sin darse vuelta. Roberto empezó a caminar de un lado a otro de la habitación. Se sentía eufórico, pero le costaba creer que lo que había sucedido hacía sólo un minuto fuera real, y sobre todo, lo más increíble, era que estuviera pasándole a él, que tantas veces había estado en la mala. Revivió ese instante varias veces en la mente hasta convencerse de que de verdad había existido. Después de unos minutos la euforia fue dando paso a una sensación más desagradable, de desaliento;
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una sensación que conocía bien y que experimentaba mucho más a menudo que la euforia. Era como cuando en un partido de fútbol empezabas ganando uno a cero, pero al final te terminaban cagando a goles. Bajó a la tierra y consideró que ese cambio repentino en la actitud de la hija del chino no podía ser nada bueno. No podía ser que la mina se fijara en él, menos una mina así, de golpe, y justo ahora. También era muy probable que al jefe no le gustara nada verlo coquetear con la hija. Era muy tentador juguetear con ella, pero de ninguna manera iba a arriesgar lo conseguido hasta ahora. Iba a tener que andar con mucho cuidado hasta que estuviera seguro de qué es lo que estaba pasando.
A última hora le tocó trabajar duro subiendo mercadería al depósito y  terminó rendido. Esa noche después de cenar, encendió la tele con la idea de mirar alguna película, pero el sueño lo venció enseguida. La imagen de Lixue le volvía a la mente una y otra vez, y aún le parecía sentir su beso en su rostro. Si seguía así iba rumbo a desbarrancarse por un mal camino, lo mejor sería que se la sacara de la cabeza.
Se despertó en medio de un estruendo infernal con el corazón latiéndole desbocado. Cuando su cerebro logró reaccionar, vio las luces del equipo de música titilando en la oscuridad. El dichoso equipo había vuelto a encenderse solo, pero esta vez iba a cortar por lo sano. Se levantó de la cama de un salto, y cuando logró encontrar el cable de la corriente, tiró con fuerza dejando el equipo enmudecido. Se sentó en la cama y esperó a que su corazón retomara su ritmo normal. Tomó el celular de la mesita de luz y miró la hora: Otra vez las tres y treinta y tres. No cabía duda de que el equipo estaba programado para encenderse a esa hora; iba a tener que conseguir el manual o preguntarle al chino como se programaba, de lo contrario una noche de estas se iba a morir de un infarto, mientras tanto dejaría el equipo de mierda desenchufado. Antes de que la música lo despertara había estado soñando con algo muy vívido, algo desagradable que ahora no lograba recordar. Sentía la garganta seca, áspera, y caliente, como si le estuviera a punto de entrar una gripe. Caminó hasta la cocina con la intención de servirse un vaso de agua. Mientras el vaso se llenaba volvió a oír música, aunque esta vez a un volumen muy bajo, casi inaudible, como si viniera de la casa de al lado. Lo extraño era que sonaba la misma canción que hacía un momento lo había despertado a todo volumen. Después de pensarlo un instante, cayó en la cuenta de que eso tenía explicación. En el equipo se había encendido la radio, y lo que sucedía ahora era que alguien en la casa de al lado estaba oyendo la misma emisora. ¿Demasiada casualidad?
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Inclinó el vaso y el agua helada le recorrió la garganta, aliviándole el ardor. Se sirvió un segundo vaso mientras seguía oyendo la canción a la lejos. Era una canción conocida, la cantaba una mujer en inglés y estaba casi seguro que era música disco de los años setenta. ¿Gloria Gaynor quizás? Entonces, hacia su izquierda, le pareció ver un reflejo de luz de color violeta.
El pasillo en dónde se encontraba la cocina continuaba dos metros más hacia la casa del vecino, y allí se interrumpía de forma abrupta sin que esos últimos dos metros tuvieran un fin lógico, más bien parecía que el pasillo fuera el producto de una configuración edilicia anterior, de antes de que se construyera el departamento. El reflejo violeta había salido del fondo de ese pasillo inútil, cuyo único uso actual era el de acumular algunos trastos. Dio algunos pasos hacia el final del pasillo y distinguió que por el lateral izquierdo entraba algo de luz desde la calle. Al acercarse comprobó que allí había una segunda ventana, más pequeña aún que la de la habitación, cuadrada, y de no más de cincuenta centímetros de lado. La ventana estaba tapada casi por completo por una pila de cajas, pero quedaba un pequeño espacio libre por dónde entraba la luz. Esa era la explicación del reflejo: un auto que pasaba por la avenida habría reflejado fugazmente la luz de sus faros hacia la ventana. Tuvo que subirse arriba de una caja para poder mirar hacia afuera ya que la ventana comenzaba a una altura mayor que la de sus ojos. Estaba llegando a ver los techos de las casas de la vereda de enfrente cuando la caja se movió, inclinándose y haciéndole perder el equilibrio. Intentó sostenerse apoyando una mano en la pared del fondo del pasillo, pero para su sorpresa, la pared cedió, y su brazo se hundió en ella. La caja terminó dándose vuelta y Roberto cayó al suelo quedando medio colgado del brazo que había entrado a través de la pared. Se levantó lo más rápido posible, sacó el brazo del agujero, y retrocedió por el pasillo hasta llegar al interruptor de la luz. Su corazón había vuelto a acelerarse. Con la luz encendida vio que la pared del fondo parecía ser de una madera muy delgada. En el lateral izquierdo se había desprendido de la pared del pasillo, abriéndose un hueco por el que había entrado su brazo. Caminó de nuevo hacia el fondo del pasillo e intentó mirar por el agujero.
No se veía nada, pero sí se oía con claridad. De allí salía la música, y a pesar de que ya habían pasado varios minutos desde que se había despertado, aún seguía sonando la misma canción.
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El agujero era demasiado pequeño para meter la cabeza y no podía ver nada. ¿Estaría la casa del vecino detrás de esa madera?
Intentó romper la madera con las manos para abrir un poco más el agujero y poder ver mejor, pero al ejercer presión toda la madera completa se hundió, desprendiéndose de las paredes laterales y cayendo hacia la oscuridad que había detrás. Se levantó una nube de polvo mientras empezaba a sentirse un olor a humedad penetrante, como si el lugar hubiera estado cerrado durante una larga temporada. El fondo del pasillo había quedado abierto por completo. Más allá, todo era oscuridad, sólo se oía la misma canción recomenzando por tercera vez.



Necesitaba una linterna.
Bajó corriendo las escaleras hasta la oficina del supermercado, en dónde el jefe guardaba una. Linterna en mano volvió corriendo al departamento y la enfocó ansioso hacía el fondo del pasillo.
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El haz de luz de la linterna le mostró algo muy extraño. El mismo pasillo continuaba unos seis u ocho metros más allá hasta finalizar en otra pared. A medio camino, sobre la pared de la izquierda, había otra ventana igual a la anterior, tapiada con maderas, y que sólo dejaba pasar unas pequeñas rendijas de luz del exterior. Lo más raro era que del lado derecho del pasillo no había pared, ni tampoco continuaba el suelo hacia ese lado, por lo que el pasillo parecía estar colgado en el vacío sólo unido a la pared izquierda. Dio un paso hacia adelante y parándose el borde derecho del pasillo enfocó hacia abajo.
Había escalones que descendían.
Uno, dos, tres, cuatro… Contó hasta once escalones. Luego un espacio plano de un metro y una pared. Los escalones eran grandes, como de sesenta centímetros de ancho y abarcaban todo el largo del pasillo, parecía como si fueran los escalones de una grada de un estadio.
Se quedó un momento inmóvil, desconcertado ante el extraño lugar en que se hallaba. No entendía cuál podía haber sido el fin de esa especie de tribuna y menos aún que hacía allí entre el supermercado y la casa vecina. A todo esto la música continuaba sonando y parecía salir desde la parte de abajo de la grada.
Bajó un pie al primer escalón apoyándose con mucho cuidado; la estructura podía ser antigua y estar endeble, sin embargo el pie apoyó sobre suelo firme. Pateó el escalón con fuerza para estar seguro y continuó descendiendo. Al pisar el segundo escalón la música se detuvo de golpe. Lo invadió la inmediata sensación de que lo habían descubierto y se quedó inmóvil de nuevo. El silencio era casi absoluto, y sólo se oía a lo lejos el paso de los coches en la avenida. Por un momento temió que la música empezara a sonar de nuevo. Si eso sucedía subiría los escalones a la carrera y no pararía hasta salir a la calle. Después de varios minutos sin novedad tomó coraje, continuó bajando los escalones uno a uno hasta llegar al de más abajo, y se paró en el espacio de un metro que había antes de la pared. Al iluminar la pared con la linterna descubrió que esta tenía sólo un metro de altura, como si fuera una baranda, y que más allá estaba el vacío de verdad. Sintió que el vértigo se apoderaba de él y por un momento pensó que se encontraba en una especie de balcón a los infiernos, pero al enfocar con la linterna más allá de la baranda y sondear el abismo comprobó que unos cuatro metros más abajo estaba el suelo.
Y entonces entendió o creyó entender:
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Estaba en una especie de teatro. El pasillo de su departamento se encontraba como a unos ocho metros de altura, como en un segundo piso. Luego la grada, o tribuna como quiera llamársele, descendía unos cuatro metros entre sus once escalones, y por último ahora veía un suelo más abajo que tenía que coincidir con el nivel de la calle, el nivel cero. Caminó a lo largo de la baranda de la grada con la intención de buscar la escalera que lo llevara al suelo, pero recorrió los ocho metros hasta la pared opuesta sin encontrarla. ¿Cómo podía ser que no se pudiera bajar? Volvió a enfocar con la linterna hacia abajo pensando que quizás la escalera estuviera pegada a la baranda en alguna parte, pero nada, si la escalera había existido en algún momento ya no estaba. Sondeó con la linterna hacia adelante para ver hasta dónde llegaba el ambiente y vio que en el límite del alcance de la linterna apenas se divisaba una oscura pared. Parecía que el lugar era tan largo como el supermercado. La pared izquierda era lisa y estaba pintada con una descascarada pintura de color rojo, mientras que la que daba contra el supermercado estaba sin revocar, lo que denotaba que estaba hecha con posterioridad, con apuro, y sin preocupación por la estética. Esta última pared parecía cortar el ambiente en dos, como si al construir el supermercado hubieran dejado allí esa franja de terreno sin usar, quizás pensando en darle otro uso y luego olvidándola. Esto último explicaba algunas cosas, como por ejemplo la inexistencia de la escalera, que habría estado en la parte de la grada que ahora ocupaba el supermercado. Parecía evidente que el negocio había sido construido en un antiguo teatro.
Lo inexplicable era por qué no habían utilizado todo el espacio disponible, dejando esa franja de ocho metros de ancho entre el supermercado y la casa vecina.
Comenzaba a subir de nuevo la grada con la intención de volverse a dormir cuando dos fogonazos de luz violeta estallaron a su espalda. Se dio vuelta de un golpe y se quedó petrificado con el brazo extendido y la linterna iluminando el vacío más allá de la baranda. ¿Qué mierda había sido eso? ¿Habría alguien allí? Si así era, ahora estaría cagándose de risa de él en silencio.
Retrocedió un paso y su pie tropezó contra el siguiente escalón. No podía subir la grada marcha atrás, si quería salir de ahí tendría que darse vuelta, pero su cuerpo se resistía a dar la espalda al lugar de dónde habían salido los fogonazos. Esperó un minuto más y luego dio media vuelta subiendo los escalones a lacarrera hasta salir al pasillo «normal» de su departamento. Con la mano libre
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levantó la tapia de madera que había quedado en el suelo, tiró de ella agarrándola de una manija de metal que antes no había visto y la cerró. La tapia encajó a la perfección en el umbral del pasillo y se cerró por completo sin dejar resquicios.
Roberto la contempló maravillado. No parecía que hubiera un pasaje allí.
Retrocedió de espaldas hacia su habitación sin dejar de mirar el fondo del pasillo con un temor infantil de que se abriera la tapia y dejara salir alguna especie de alien o algo por el estilo. Encendió todas las luces y también la tele. Encendió todo menos el maldito equipo de música que dejó desenchufado. Ya estaba harto de música por hoy.
Se sentó en la cama y pasó el resto de la noche mirando el resumen de los deportes de la olimpiada de Londres, asomándose de vez en cuando al pasillo para comprobar si la tapia seguía en su lugar. Sólo pudo conciliar el sueño  cuando vio la luz del amanecer en la ventana, hora en que todos los alien y monstruos del mundo, y en especial los de la mente, vuelven a sus guaridas. Sólo durmió media hora antes de tener que levantarse para ocupar su puesto en la caja registradora.





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...
–¡Marta! ¡Traeme la comida!
–Ya te dije cuatro veces que acá no hay ninguna Marta, soy Sofía tu nieta.
–Recién andaba la Marta por acá.
–Sería el espíritu, porque la tía Marta murió hace cinco años…  Tomá, acá tenés la comida.

–¡Abuelo! No tires la comida al suelo.
–Está podrida, mija.
–¡Como va a estar podrida! ¡Si la acabo de cocinar, recién!
–Sí, está repasada.–¿De dónde sacás eso?
–Me lo dijo la Marta que pasó recién.
–Ayyy, por Dios. ¡Que Marta! ¡Comé, haceme el favor!…
–¿A qué hora empieza el baile? Mirá que yo quiero ir.
–¿Qué baile? No hay ningún baile.
–Sí, acá al lado, en Cuernavaca, ayer a la noche escuché que había baile.
–Hace veinte años que está cerrado ese baile, abuelo. Vos viste que ahora es un supermercado. ¿No te acordás cuando fuimos a comprar el otro día?
–Volvieron a inaugurarlo, me lo dijo la Marta.
–Y dale con la Marta. Comé que se te enfría. Te voy a buscar la fruta.
Sofía eligió una banana y una mandarina. Miró por la ventana de la cocina hacia el viejo edificio del supermercado que estaba más allá del patio. Un extractor giraba con lentitud a media altura de la pared.
No abría baile, pero en las últimas semanas sí había habido música, en eso tenía razón el viejo. Tanto la habitación del abuelo como la de ella misma daban al patio, y por lo tanto las ventanas quedaban a pocos metros de la parte trasera del supermercado. El viejo, al despertarse continuamente por las noches, abría oído la música, y por eso abría maquinado lo del baile. Ella solía quedarse hasta las tantas navegando por internet, y el viernes de la semana pasada, sobre las tres y media de la mañana, alguien había puesto música en el supermercado a un volumen suave pero suficiente como para oírse con claridad en el silencio de la noche. Se había repetido la misma canción cinco veces y luego nada. La canción la conocía de sobra, porque era una de las que solía escuchar la tía Marta: Corazón de cristal, de Blondie, un hit de la música disco de los setenta.¿Sería esa la relación que habían entablado las machacadas neuronas del viejo? Blondie-Marta-Cuernavaca. Y de ahí habría sacado lo del baile. Sí, seguro que era así.
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