1937, Fernando Fontenla Felipetti
1937, relato, Fernando Fontenla Felipetti
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1937
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
84


Etiquetas
La desbandá, Málaga, Almería, 1937, Guerra civil española, La masacre de la carretera Málaga - Almería, La toma de Málaga, Crucero Baleares, Crucero Canarias, Crucero Almirante Cervera, General Roatta, Queipo del Llano, Bando Nacional, Bando Republicano, Bombardero Savoia Marchetti, Torre del mar, Algarrobo, Torrox, Nerja, La Herradura, Almuñecar, Motril, Adra.


1937 - Fragmento:

    ...El cielo se iluminó con un resplandor rojizo que duró varios segundos y luego algo hizo temblar la montaña que estaba sobre nosotros. Antonio se paró de un salto y empezó a mirar hacia todos lados. Nos empezó a caer tierra y piedras pequeñas en la cabeza. Luego cayó una piedra del tamaño de un lavarropas que rebotó en el asfalto a dos metros de Teresa, y siguió camino barranca abajo hacia el mar. Otras piedras de distintos tamaños caían por todos lados y supe que era el fin.
    –¡Corran! Oí que gritaba Antonio. Lo oí a lo lejos, como si estuviera en un sueño. Luego me vi corriendo mientras las piedras seguían cayendo. Teresa corría delante de mí y deseé que la primera piedra que nos diera fuera para a mí y no a ella. No hubiera soportado verla aplastada, me hubiera  vuelto loco. Hacia el mar se veían destellos rojizos acompañados de explosiones. Eran los barcos que habían regresado. Ningún tiro daba en la carretera, todos los proyectiles impactaban más arriba. Pensé que en la oscuridad no verían la carretera y por eso les fallaba la puntería, pero entonces un gran  trozo de montaña cayó veinte metros delante nuestro aplastando a quién sabe cuántas personas. ¿Diez? ¿Veinte? Y entonces entendí. No les fallaba la puntería, estaban dando donde querían dar. Estaban intentando derrumbar la montaña para cortarnos el paso y de regalo enterrar  a todos los pobres diablos que estuvieran justo en ese lugar.

    Teresa se detuvo y choqué contra ella. Cuando se dio cuenta que era yo me abrazó. Me apretaba tan fuerte que casi no me dejaba respirar, temblaba como una hoja, y me hacía temblar a mí.
    Antonio llegó al lado nuestro.
    –¡Qué haceís! –Gritó–. ¡Venga!  ¡Seguid corriendo!
    Teresa me soltó y pensé en retroceder, el camino hacia adelante estaba interrumpido por el derrumbe pero, Antonio ya estaba saltando las primeras rocas y Teresa lo seguía. Los seguí como pude. Trepaban como cabras y saltaban de roca en roca con gran riesgo de caer en alguno de los agujeros. En un momento Antonio saltó a una roca más baja que la anterior pero que estaba a una distancia considerable. Teresa dudó antes de saltar y se quedo inmóvil.
    –¡Venga niña! –La animó Antonio abriendo los brazos en posición para atajarla.
    Teresa saltó y cayó sobre Antonio derribándolo y por un momento creí que ambos caerían al precipicio. Sin embargo aún estaban allí. Antonio volvió a ponerse de pie y miró hacia dónde yo estaba. Volvió a abrir los brazos para recibirme pero cuando abrió la boca para decirme algo no dijo nada. Sentí que dudaba, si no había podido resistir el peso de Teresa, que debía de pesar quince kilos menos que yo, conmigo el riesgo era más grande. La superficie que se podía pisar de la roca dónde ellos estaban parados tenía medio metro cuadrado. A los lados había dos pozos oscuros y detrás el abismo hacía en mar. A pesar de todo Antonio seguía ahí parado con los brazos abiertos esperándome. Recordé que él ya había dejado a compañeros atrás en las trincheras de Málaga y entendí que no quisiera dejar a más nadie más detrás. Entonces decidí liberarlo de su compromiso y retrocedí, buscaría otro camino o nada, volvería sobre mis pasos, a mi suerte. Oí que me gritaba pero otra explosión tapó su voz. Probé más arriba, contra la montaña, pero llegó un momento en que no tuve como continuar. Me encontraba delante de una rajadura enorme, infranqueable. Después de un rato volví al lugar por dónde habían saltado Teresa y Antonio, y ellos ya no estaban. Allí la grieta era más angosta pero me veía incapaz de saltarla. Las explosiones continuaban pero parecían alejarse hacia atrás. Esperé un rato a que llegaran otras personas, pero nadie llegó. Quizás se hubiera producido otro corte de carretera detrás de mí, dónde oía las explosiones. Si así era, estaba atrapado.
    Tenía que decidirme: volver o saltar. Cada vez que me preparaba para saltar no me atrevía, pero cuando daba un paso para volver atrás me detenía. El camino que habíamos dejado atrás lo conocía y me parecía el infierno, pero delante quizás no fuera mejor, aunque al menos era una incógnita. Por un instante me acordé de la casa de mi abuela y de mi amiga Jessi, y pensar en ellas me dio lo que me faltaba. Valor.
    Salté, pero mal.
    Mi pie resbaló en el pedregullo justo antes de lanzarme, y perdí impulso. En el aire vi que la piedra de mi destino se acercaba, pero mis pies no la alcanzaron. La golpeé con los brazos, el pecho y la cara. Oí un “crack” y supe que algo se había quebrado. Me llegó una explosión de dolor a la cara y creí que me desmayaba. Había llegado, estaba agarrado a la piedra con mis brazos, aunque si perdía el sentido me caería. Luché por permanecer consciente y trate de esforzarme en terminar de subir con todo mi cuerpo sobre la piedra, pero mis brazos perdían fuerza. A medida que pasaban los minutos cada vez tenía más claro que perdería la batalla, que al final me caería. Por fin mis brazos se aflojaron y comencé a resbalar.
    Diez centímetros más abajo mi pierna derecha tocó un saliente, sólo un pequeño borde de la roca, pero que fue suficiente para detener la caída. Me relajé un instante. Sentí como la sangre me corría por la cara. Tenía que subir, de alguna manera tenía que hacerlo.
    Con el pie derecho apoyado pude mover la otra pierna y buscar otro apoyo. Encontré un agujero donde meter el pie, un poco más arriba de donde estaba el pie derecho. Hice fuerza y me levanté unos veinte centímetros. Por primera vez mi cara superó el nivel de la roca y pude agarrarme mejor con los brazos. Hice fuerza y me levanté. Estaba arriba. A mi alrededor todo era oscuridad. Era evidente que se había cortado la luz o que la habían apagado a propósito. Fui moviéndome con mucho cuidado para evitar caerme y de a poco fui bajando de la montaña de escombros hasta que pisé la carretera. El bombardeo había cesado y a diferencia de las veces anteriores no se escuchaba ningún grito ni lamento. Todo estaba en silencio. Todos se habían ido o habían muerto. Estaba sólo...


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