Dos fajos, Fernando Fontenla Felipetti
Dos fajos, relato, cuento, Fernando Fontenla Felipetti
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Dos fajos
Fernando Fontenla Felipetti
Relato
25


Etiquetas
Robo en banco, Fajos de dinero, dólares, francos suizos, albañil, Ezeiza, Airbus 319.


Dos Fajos - Fragmento:

     Aldo dejó que la bici tomara velocidad por la rampa del garaje, y una vez que estuvo en el medio de la calle, pedaleó con suavidad hasta que la bici entró en ese ritmo en el que tiempo y espacio es todo lo mismo. Eligió las calles menos transitadas y también las más oscuras. La luz anaranjada de la iluminación pública le daba una sensación de monotonía, bajo esa luz todos los barrios parecían iguales. En cambio la oscuridad lo hacía sentir protegido, le recordaba la calidez del hogar en la infancia. Noches de pan con mate calentado al fuego y las estrellas por la ventana desde la cama. En Buenos Aires la luz naranja era el veneno de las estrellas. Las mataba.
     Al llegar a la avenida se encontró con un colectivo detenido en la parada. Estaba abarrotado de gente y aún así un grupo de personas pugnaba por subir mientras el chofer intentaba desalentarlos acelerando  el motor y amagando con arrancar. Aldo ya había pasado por eso y no pensaba volver ahí. El colectivo te hacía esclavo. En la tierra del norte sólo los animales viajaban de esa forma cuando iban camino del matadero.
     Esquivó el colectivo y abandonó la avenida tan pronto pudo. La noche de invierno le hacía perder la sensibilidad de los dedos de las manos, pero ese era un pequeño precio que había que pagar por la libertad. Dejó pasar otras veinte cuadras hasta que en una esquina subió por la rampa para discapacitados y siguió por la vereda hasta mitad de cuadra. Clavó los frenos, se bajó de la bici y tocó el timbre. Pasaron varios minutos hasta que la puerta se abrió. Era Martina.
     –¿Qué hacés con la mochila? –Preguntó–. ¿Me querés decir para qué traés esa mochila sucia?
     Aldo entró al pasillo, apoyó la bici contra la pared y se acercó para darle un beso. Martina retrocedió.
–¡Uy! ¡Qué olor tenés! ¿Te bañaste? ¿Te acordaste que hoy es el cumpleaños de la abuela? Dale, metele. Entrá que ya están todos.
     Con las ventanas cerradas el aire del comedor estaba caliente y viciado. Y sí, por supuesto que estaban todos. Todos los amigos de Martina, todos los amigos de la madre de Martina, y todos los vecinos del barrio; los que venían a cortejar a la vieja, a darle vueltas alrededor y a hacerle reverencias. Había como treinta personas apiñadas en ese comedor de cuatro por cuatro. Era igual o peor que en el colectivo. Sin embargo a la gente no le preocupaba el amontonamiento, comían, chupaban y gritaban como si nada, sobre todo gritaban. El volumen del equipo de sonido estaba demasiado alto y todos se esforzaban por hacerse entender por encima de la música. Los chicos corrían, gritaban, se caían, y volvían a levantarse sin que nadie les diera bola. La vieja cumpleañera estaba sentada como siempre a la cabecera de la mesa sobre su sillón con apoyabrazos y con varios almohadones bajo el culo, lo que la hacía quedar un piso por encima de los demás, como si estuviera en un pedestal. Desde allí gritaba más que todos y repartía órdenes a diestro y siniestro, en particular a sus hijas y a una vecina que oficiaba de sirvienta sin paga y por voluntad propia.
     Aldo levantó la mano a modo de saludo pero nadie lo vio. Se acercó a la mesa, manoteó una botella de vino y se llenó un vaso. Como todas las sillas estaban ocupadas se quedó parado en un rincón oyendo conversaciones ajenas. Una mina decía que había gastado dos mil en la peluquería, un flaco había pagado cinco lucas de gas, y tres mil quinientos de seguro del auto. Todos hablaban sobre guita, todos sobre pagar, y siempre era por varios miles. Aldo empezó a calcular cuánto tiempo tenía que trabajar para ganar mil pesos, y cuando estaba por la mitad de la cuenta vio a la vecina voluntariosa salir de la cocina llevando un plato con sanguchitos de miga. Se le hizo agua a la boca y estiró el brazo intentando alcanzar el plato pero otros cuatro o cinco brazos llegaron antes que el suyo, agarraron sándwiches de a tres o de a cuatro, y en un segundo el plato había quedado despojado. En doce años que llevaba trabajando en la construcción nunca había visto algo así, ahí lo poco que había se compartía. ¿Qué tenía que hacer en esas fiestas? ¿Cagarse a piñas por un pancito con una fetita de jamón casi transparente?
...

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