El bosque de los monos, Fernando Fontenla Felipetti
El bosque de los monos, cuento infantil, Fernando Fontenla Felipetti
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El bosque de los monos
Fernando Fontenla Felipetti
Cuento infantil
38

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    El bosque de los monos, bosque mágico, bosque que se conecta con otros bosques famosos, El bosque azul, Constancio Vigil, El bosque del árbol de cristal.



El Bosque de los monos - Fragmento:

    En una calurosa tarde de primavera Tory montó en su pony para ir a explorar. Le encantaba descubrir lugares nuevos y Macho tenía un olfato especial para encontrar cosas muy interesantes, aunque también a veces se metía en problemas, como esa vez en que se había peleado a patadas contra dos caballos mucho más grandes que él.
    El recorrido de Tory y Macho siempre empezaba por la calle que salía del barrio y se internaba en el campo. Esa tarde parecía que Macho no tenía ganas de caminar, porque avanzaba a paso lento y cansino justo por el medio de la huella, con la cabeza gacha y contando los pasitos.
    –¿Qué te pasa? –le preguntó Tory–. ¿Estás aburrido?
    –Prrrffff, prrrffff –resopló dos veces Macho, lo que quería decir que no.
    –¿Tenés calor?
    –Prrrffff –resopló una vez, lo que quería decir que sí.
    –No te preocupes –dijo Tory–, por qué no te buscás una lagunita o un arroyito en dónde refrescarte.
    –Prrrrrrrrrrrrfffffffffffffffffff –eso quería decir que le gustaba.
    Macho cambió el paso cansino por un paso alegre y saltarín. A Tory le gustaba el paso alegre, pero no tanto el saltarín porque al final le terminaba doliendo el traste.
    –Menos saltito mi machito –le indicó y el caballito siguió caminando muy alegre pero pisando suavecito.
    Una milla más adelante Macho se desvió por un sendero de esos que le gustaban a él, que más que senderos eran huellas que él mismo u otros caballos habían dejado en alguna de sus anteriores correrías. Esos caminos tenían un par de ventajas: la primera era que sólo Macho los veía, entonces nadie podía usarlos salvo él o alguno de sus amigos. La segunda ventaja era que los senderos eran ondulados y repletos de curvas, zigzagueaban por el campo sin ningún sentido aparente lo que los hacía mucho más divertidos que los caminos rectos y aburridos que usaba la gente. En realidad, para quién lo conocía, las curvas que hacía macho sí tenían sentido, porque hacían pasar el sendero por los lugares más interesantes. Por ejemplo: pasaban por el medio de todos los cardos, lo que hacía que al jinete no le quedara más remedio que levantar las piernas y ponerlas arriba del lomo para no terminar con los tobillos llenos de espinas. También esos senderos pasaban por debajo de árboles con ramas bajas, porque como Macho era un pony bajito, no se daba cuenta de que las ramas golpeaban contra la cabeza de quién fuera montado en él. Pero todo eso era sólo el precio que había que pagar, porque en realidad los senderos de Macho, al final, siempre te llevaban a algún lugar precioso, por lo menos según su gusto, que no siempre era el Tory.
    Ya habían atravesado un prado lleno de flores, un potrero lleno de cabras y una colina verde y suave. Y ahora avanzaban, siempre en zig zag, hacia una zona más baja. Pronto Macho empezó a pisar barro, luego lodo y al final fango. Las patas blanquitas se le enterraban hasta la rodilla y le quedaban marroncitas.
    –¡Pero Macho! –gritó Tory–. ¡Qué hacés! ¡Esto no es una laguna es un pantano! Salí de acá, haceme el favor. ¡Retrocedé!
    Pero Macho no le hizo ningún caso. Siguió hacia adelante enterrándose cada vez más, hasta que al final se quedó encajado. Ya no podía avanzar, ni retroceder, ni ir para el costado. Intentó dar un brinco para desencajarse pero lo único que logró fue corcovear como un caballo viejo. Con tanto movimiento el barro ya le llegaba hasta el hocico y tenía que mirar para arriba para que no le entrara por la boca.
    Tory no estaba mucho mejor. Había tenido que levantar las piernas y ponerlas en el lomo de Macho como cuando él pasaba por el medio de los cardos.
    –¡Viste lo que hiciste! –le dijo–. Yo te avisé, te dije que recularas, y vos nada, mirá si esto es arena movediza y nos hundimos.
    –Prrrffff, prrrffff  –resopló Macho enojado y se enchastró la trompa con barro.
    –¿Y ahora cómo salimos acá? –Preguntó Tory y se paró sobre el lomo de Macho para poder ver más lejos. Quería saber dónde estaban, pero incluso desde arriba del caballo no podía ubicarse. Había pantano hasta dónde alcanzaba la vista y no encontraba ningún punto de referencia conocido. Iba a tener que bajarse de Macho, embarrarse y tratar de desencajarlo.
    Al saltar al suelo, ella también se enterró hasta las rodillas. El barro era pegajoso y costaba mucho despegar los pies del suelo porque hacían efecto sopapa. Después de dar dos pasos sintió como el agua verdosa le entraba por encima de las botas y le mojaba los pies. Se puso detrás de Macho e intentó empujarlo, pero nada, no se movía. Luego tomó las riendas y tiró de él con fuerza, pero lo único que logró fue patinarse y caerse al suelo de traste. Su pantalón rojo quedó marrón tirando a negro, y se imaginó lo que le diría su madre cuando la viera, y entonces se enojó mucho más con su pony. Como por si fuera poco Nacho resopló con mucha efe que era lo que hacía cuando se reía de algo.
    –Prrrffffffffffff –hizo.
    –¡Caballo loco, siempre lo mismo! –Tory estaba furiosa– ¡Hacés lío y después me retan a mí!
    Pero enseguida se arrepintió y dijo.
    –Bueno, perdoname, a veces el lío lo hago yo.
     El sol estaba bajando y tenían que encontrar la forma de salir del pantano antes de que oscureciera. Tory se puso a pensar.
    –Pensá vos también –le dijo a Macho.
    Macho quiso pensar pero como tenía que tener la cabeza torcida para arriba para que no le entrara barro en la boca no podía. No sabía pensar con la cabeza para arriba.
     Cuando ya hacía como una hora que Tory estaba pensando sin parar y tenía la cabeza recalentada de tantas ideas que le venían pero no tenían nada que ver con sacar caballos petisos del barro, una figura apareció a lo lejos en el pantano. Parecía un chico un poco más grande que ella. Lo raro es que venía caminando por el lodo blando como si nada. Es decir: no se hundía, parecía que flotaba. Igual tardó un rato en llegar hasta ellos porque daba pasitos cortitos y pisaba despacito como sí así evitara hundirse. Cuando se paró frente a Tory se develó el misterio. Se había atado dos tablas en la planta de las zapatillas como si fueran un par de raquetas para la nieve y con ese invento no se hundía.
    –Hola –dijo el chico y saludó con la mano.
    –Hola. Yo soy Tory y él es Macho. ¿Vos cómo te llamas?
    –Yo soy Cable Pelado...